martes, 26 de julio de 2005

Mihura, por Lombilla



Autocaricatiruta de Mihura, aparecida en Gutiérrez en 1932.




NINETTE Y UN SEÑOR DE LA MANCHA
(Carta apócrifa de un Miguel —Mihura— a otro Miguel —de Cervantes— con motivo de la desigual celebración de sus respectivos centenarios)

Por José Luis Castro Lombilla




Señor don Miguel de Cervantes Saavedra
El Parnaso


Muy señor mío y querido tocayo:
En primer lugar quiero pedirle perdón por no llevarle la carta en persona pero comprenderá que su cielo, ese Parnaso maravilloso y lejano, me coje un poco a trasmano debido a que el cielo en el que yo me encuentro está algo alejado del suyo (gracias a Dios no todos los escritores estamos en el mismo cielo ya que sería una cosa pesadísima tener que aguantar a según qué plumífero tooooda la eternidad). Claro que, si yo pudiera entregarle la carta en mano lo que haría sería hablarle a la cara, porque sería un detalle muy descortés y de muy malísima educación darle yo mismo una carta en vez de hablarle. Y otra cosa no seré, señor Cervantes, querido tocayo, pero educadito y fino, a eso no me gana nadie, mejorando lo presente, claro. En fin, que lo que quiero, don Miguel, carita de nardo, es expresarle mis cuitas como si de una desvalida Marcela se tratara. Espero que imbuido usted, capullito de alhelí, del espíritu quijotesco del que hace gala, valga la redundancia, su personaje principal, preste oídos y entendimientos a estos mis desvelos y desventuras y, en la medida de sus posibilidades me eche usted una mano… con perdón.
Verá usted, don Miguel de mi alma, le cuento:

Estaba yo tan tranquilo en mi precioso cielo lleno de flores, de pájaros, de caballos blancos y de vacas rubias (cuando yo estaba a punto de morir, este cielo no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que eternizara yo y para que eternizara otro señor bajito, cuyo nombre no recuerdo en este momento, y que también quería ser de este cielo), cuando me enteré por un ángel cotilla que se iba a celebrar el cuarto centenario de la publicación de la primera parte de su magna obra Don Quijote de La Mancha con un despliegue enorme de medios públicos: ciclos, conferencias, programas de televisión, radio, prensa, ediciones especiales del libro, etcétera, etcétera… Me anegó entonces una alegría inmensa que me hizo saltar y bailar y reír como un loco. Comencé a dar tan grandes alaridos que todos los angelitos que andaban por allí se acercaron y, claro, yo no tuve más remedio que darles a todos grandes besos en las corvas para mostrarles mi gozo.

─¡Qué bueno! ─decía yo mientras pegaba mis labios amorosamente a los sonrosaditos muslos de una coquetona angelita pelirroja─ Esto está muy bien porque con las celebraciones literarias, sea cual sea el motivo, siempre se beneficia la cultura, ya que gracias a la inversión pública se logra una difusión del autor homenajeado que dificilmente se lograría huérfanos de esa necesaria ayuda institucional. Además, aunque El Quijote sea la obra más conocida de España y no hay nadie que no sepa de qué se trata, también es cierto que son pocos los que la han leído y esta celebración puede servir para que lo hagan ─continuaba, eufórico, mientras galopaba a lomos de un hermoso caballo blanco detrás de una preciosa vaca rubia que se resistía, juguetona, a mis efusiones.


─Oye, Mihura ─me dijo el caballo cuando estaba a punto de estamparle a la vaca rubia un apasionado ósculo en los morros─, ¿no es este año cuando se cumple también tu centenario…?

─Anda, es verdad ─dije yo, inocentemente─. Seguro que también habrán preparado algo para recordarme. Hombre, no digo que se haga lo mismo que con Cervantes y su obra pero algo sí que harán desde las instituciones públicas, que yo, en mi modestia y sin ánimo de fardar, algo he aportado a la literatura patria…
Tras decir esto, poniéndome de nuevo muy contento me fui cantando alegremente y dando enormes saltos de alegría hasta llegar al kiosco de prensa que hay en este cielo tan bonito donde paso mi bien ganada eternidad.

─Dame los periódicos que hablen de los actos que se van a celebrar para conmemorar mi centenario, muchacha ─le dije, mientras besaba paternalmente su tonsura, al señor que vende los periódicos en mi cielo.

─Lo siento don Miguel ─dijo él, mientras que de su único ojo salía una enorme lágrima que al caer ahogó a veinte o treinta ángeles─, no han preparado nada de nada…



─¿Cómo? ─pregunté estupefacto─. Me vas a decir que no se ha programado desde la televisión pública un ciclo de películas con mis guiones o las adaptaciones de mi teatro… Que el Ministerio de Cultura no ha preparado nada sobre mí… Que ningún teatro público va a producir una obra mía…

─Verá usted, señor Mihura ─dijo esto el quiosquero y se sentó sobre un querubín que pasaba despistado por allí, se atusó con cierto nerviosismo los enormes bigotes que le llegaban hasta las rodillas, y comenzó a hablarme con su precioso ojo encharcado de lágrimas─: ni el Ministerio de Cultura, ni el Ayuntamiento de Madrid, ni el sursuncorda van a hacer nada importante. Por ningún lado se oye hablar de Mihura. Todo lo que este año se va a hacer sobre usted y su obra será en su mayoría gracias a la iniciativa privada: el grandísimo director de cine José Luis Garci va a estrenar el 12 de agosto Ninette, adaptación cinematográfica de Ninette y un señor de Murcia y Ninette, modas de París. También se ha estrenado en Madrid Melocotón en almíbar, en el Teatro Príncipe Gran Vía y La decente en los Jardines Galileo de Madrid (esta obra sí tiene una subvención del Ayuntamiento: ¡alabado sea Dios!). Además, el director Gustavo Pérez Puig está preparando el montaje de Tres sombreros de copa que se estrenará en septiembre en el Teatro Príncipe Gran Vía y en octubre se estrenará también en Madrid un musical sobre Maribel y la extraña familia. El año pasado, adelantándose a su cumpleaños, la editorial Cátedra sacó en dos magníficos volúmenes sus obras completas y la editorial Algaba su biografía, Mihura, Humor y melancolía, escrita por Julián Moreiro, coautor de la estupenda recopilación de La Codorniz que la editorial Edaf sacó en 1998…

─Pero, ¿qué me dices, chiquilla? ─le dije al quiosquero mientras con una cañita sorbía las lágrimas que incesantemente iba derramando por ese venero de ojo.

─Quizás en otoño la Sociedad Estatal de Conmemoracioes Culturales haga algo pero no se lo puedo asegurar: desde luego, en su página de internet no aparece nada… ─dijo esto y se comió cinco periódicos distintos de un solo bocado para suicidarse por la pena que le causaba esta desatención hacia mi persona. Como los periódicos traen tantísimo veneno en sus editoriales, el fallecimiento fue inmediato. ¡Que en paz descanse!

Comprenderá, señor Cervantes, que después de oír aquella información de mi difunto quiosquero se me partió el alma. Yo, que siempre me he reído de todo, después de sentir el frío acero del puñal de la indiferencia clavarse en lo más hondo de mi ser, vi cómo la sonrisa saltó de mi cara y se fue corriendo, se subió a un árbol y, como un barón rampante cualquiera, me dijo que de ahí no bajaba porque no le daba la gana. Y ahora no me quedan ganas de reírme de nada. Ni siquiera de los señores serios y barbudos que siempre están dando la lata…
Algunos ángeles me dicen airados que este olvido se debe a la politización de la cultura y que, como yo tengo la etiqueta de escritor de derechas, que claro, que este gobierno que dice que es de izquierdas me tiene que ignorar. Sinceramente creo que esto, de ser así, sería una enorme tontería propia de niños más que de gobernantes serios. Yo, que siempre dije ser apolítico y que lo único que quería era hacer felices a los demás (fundé La Codorniz para tener una actitud sonriente ante la vida; para quitarle importancia a las cosas; para tomarle el pelo a la gente que veía la vida demasiado en serio; para acabar con los cascarrabias; para reírse del tópico y del lugar común; para inventar un mundo nuevo, irreal y fantástico y hacer que la gente olvidase el mundo incómodo y desagradable en que vivía. Para decir a nuestros lectores: «no se preocupen ustedes de que el mundo esté hecho un asco. Vamos a olvidarlo y a procurar no enredarlo más. Y aquí, reunidos, mientras la gente discute y se mata, nosotros, en un mundo aparte, vamos a hablar de las mariposas, de las ranas, de los gitanos, de la luna y de las hormigas. Y nos vamos a reír de los señores serios y barbudos que siempre están dando la lata y buscándole los pies al gato». Y por eso los señores barbudos los dibujaba Herreros dentro de los bolsillos de sus personajes, allí arrinconados, a punto de morir de asfixia); yo que sólo quería hacer felices a los demás, decía, reconozco que era lo que era, no voy a negarlo ahora porque basta echar un vistazo a mis entrevistas o a algunas obras como la que hice con mi amigo Tono justo al acabar la guerra, María de la Hoz (en la que nos burlábamos del Madrid rojo), o saber que durante la guerra dirigí la revista de propaganda La ametralladora en el lado nacional, para saber de qué pie cojeaba. Pero, ¿puede eso invalidar toda mi obra?
Sé que la declaración de intenciones con la que monté La Codorniz en 1941, cuando la dictadura se estrenaba ufana y arrogante, cuando había demasiados españoles encarcelados, exiliados, fusilados, puede parecer un ejercicio de entrega absoluta, de aceptación del statu quo y de colaboración con el tirano. Seguramente. Pretender que se olviden los problemas cuando hay gente que lucha y arriesga la vida para acabar con ellos quizás rebasa los límites del posibilismo. Pero, ¿acaso no sería esto parte de un interesantísimo debate sobre mi vida y obra? ¿No sirven para eso las celebraciones culturales, para conocer mejor a los autores importantes sin necesidad de que todo estudio sea una hagiografía? Si un autor pone su obra al servicio de una causa política, es lógico que los simpatizantes de esa causa le aplaudan y elogien su compromiso; de igual forma que es lógico que se reproche la obra que ha servido a una causa contraria.
Lo que de ninguna manera se puede pretender es que desaparezcan, como si no hubiesen existido, los escritores de signo distinto al gobierno de turno. Además, ¿es que mi obra dramática no es importante? Yo, modestia aparte, he sido un renovador del teatro del siglo veinte. Antes de que Ionesco esperara a Godot, yo ya había escrito Tres sombreros de copa. Mi teatro es precedente del teatro del absurdo y es ajeno a la política. Si alguien puede darse por aludido con mis obras de teatro, esos son los cursis, sean del signo político que sean. Se me puede reprochar que dirigiera La ametralladora, o sea, que estuviese al servicio de los fascistas durante la guerra. Yo prodría defenderme alegando que le di un giro a la revista y la hice un poco menos propagandística y más humorística; que al menos no luché con fuego sino con dibujos…
Se me puede también inculpar de haber fundado una revista en la posguerra con la que poner a la gente una venda de risa en los ojos para que no vieran la triste realidad y así colaborar con Franco. Yo, modestamente, podría decir que quise hacer una revista que fuera un símbolo de la paz, por eso frente a La ametralladora que es un símbolo de guerra, le puse el nombre de La Codorniz que es el pájaro más inocente de todos. También digo que ahí trabajó otro Miguel, Gila, que está conmigo en este cielo y que no es sospechoso de ser de derechas pero que, tristemente, pertenece a esa enorme cantidad de artistas españoles que representaron eso que ha dado en llamarse “La resistencia silenciosa”.
Yo, sólo hay que leer las entrevistas que me hicieron y que están recogidas en el segundo volumen de mis obras completas que editó Cátedra el año pasado, soy de derechas. ¿Y qué? La cultura no puede caer en tontos sectarismos para obviar autores que han aportado algo. No. Conmemorar mi centenario no quiere decir que la Ministra de Cultura tenga que hacerse fotos besando con fruición, desnuda, un busto mío y diciendo que soy lo más bonito que ha parido madre, no. Debe conmemorarse porque soy un autor importante en el teatro, en el periodismo de humor y en el humor gráfico y se me debe conocer. Que después cada cual juzgue mi trayectoria vital y política y que mi obra, al margen de la calidad artística, caiga más simpática o menos según se esté más cerca o más distanciado de mi posición ideológica. Esto es normal y muy humano. Lo único que no se puede hacer es olvidarme porque eso sería empobrecer el panorama cultural de este país y, por qué no decirlo, del mundo…

Yo te voy a decir una cosa, Miguelito (creo que va siendo hora de tutearte porque soy mayor que tú y es una cosa muy rara llamar de usted a un chaval: ¡que naciste en el siglo dieciséis y yo en el veinte, hombre…! Así que tengo cuatro siglos más que tú, hijo mío): yo quiero pensar que este olvido es sólo porque están todos como locos contigo y con tu libro y que eso les ha despistado. Por eso te pongo estas líneas, carita de madreselva. Quiero pedirte que tú, en alguno de esos numerosísimos actos que te están haciendo, hables algo de mí, hombre, ¿a ti qué más te da?







Dos cubiertas de Gutiérrez dibujadas por Mihura. Las dos viñetas anteriores también proceden de esta revista humorística.







Por ejemplo: que hay un acto en el que el Rey lee un fragmento del Quijote y allí está la Ministra de Cultura (comiéndose una primera edición para demostrar que es una “devoradora” insaciable de libros), el Presidente del Gobierno (echándole alpiste a una mosca presumida que revolotea guiñándole el ojo a su alrededor), el líder de la oposición (negando compulsivamente con la cabeza de manera que no para de caérsele al suelo), un obispo (haciendo malabares con cinco hisopos), un forzudo mozo de cuerda, una mariposa, un bandolero andaluz, una sardina viuda y varios niños abandonados, pues vas tú y dices, como quién no quiere la cosa, en medio de la lectura del capítulo del yelmo de Mambrino, por ejemplo, que donde se pongan los elegantes sombreros de copa que se quiten todos los yelmos del mundo, que además de ser feísimos, después resultan ser una sucia bacía de barbero. Y así, sacando con disimulo el tema, acabáis hablando un poquito de mí. Porque, hombre, los humoristas tenemos que ayudarnos y tú, Miguelito, eres un gran humorista. Por eso sé que no te importará sacrificar un poco de tu tiempo de gloria.
Me imagino que estarás un poco harto de tanto ditirambo, no exento de ridícula cursilería, en que suelen caer los politiquillos y politicastros que se arriman a la literatura sólo cuando hay grandes celebraciones; por eso, aunque sólo sea por ver la cara que se le pone a alguno de ellos cuando tú, en medio de un acto solemne, te pongas a reír ostentosamente mientras lanzas al aire chistes míos, de esos absurdos y maravillosos chistes blancos que hacía en La Codorniz o antes en Buen Humor, o Muchas gracias, o Gutiérrez… y a gritar: «¡Qué risa, tía Felisa!», creo que valdrá la pena. Estoy seguro de que te divertirás más echándome una mano, con perdón, para que se hable también un poco de mí, que aguantando esos pesadísimos actos que sólo sirven para que se luzcan los que los organizan.
Me imagino, Miguelillo, lo que te reirás cuando en algún simposio donde uno de esos americanos fatuos y sabihondos se ponga a analizar tu obra tú, de pronto, te pongas a cantar eso de: «Americanoooos, os recibimos con alegríaaaaaa…», para introducir así mi faceta como guionista de obras de arte cinematográficas como Bienvenido, Mr. Marshall. ¡Qué risa! O también, cuando se hable de tu obra La entretenida, que ha estrenado la Compañía Nacional de Teatro Clásico, puedes decir, mientras miras al cielo haciéndote el despistado, como dejándolo caer: «Pues yo sé de uno que hizo esta obra en plural, tralaríii, tralaráaaa…». Y así, no tendrán más remedio que acordarse de mi obra Las entretenidas.
O puedes citar, si me permites que abuse de tu amistad y paternidad (porque ya es hora de que te diga que tú eres mi padre, queridísimo Miguel, Miguelito, Miguelillo), cualquiera de mis obras como ¡Sublime decisión!, Carlota, A media luz los tres, Mi adorado Juan, La canasta, Ni pobre ni rico sino todo lo contrario (que la hice a medias con Tono), El caso del señor vestido de violeta (que la hice para Fernando Fernán Gómez), El caso de la mujer asesinadita (junto a Álvaro de Laiglesia), El caso de la señora estupenda, Una mujer cualquiera, La decente, Sólo el amor y la luna traen fortuna, Milagro en casa de los López

En fin, Cervantillo de mi alma, padre de mis entretelas, te pido humildemente que me ayudes, que pongas tú, que has creado al loco más maravillosamente cuerdo del mundo, la sensatez y cordura que le falta a nuestros dirigentes. Y que lo hagas con humor. Con ese humor que nos hermana y nos hace ser diferentes. Con esa capacidad mágica de ver las cosas de distinta manera que nos ayuda a soportar las tonterías y cursilerías de los presuntuosos de siempre. Con ese humor que sirve para tomarse a broma la idiocia de los que mandan o para escribir, incluso, una carta apócrifa. Con ese humor, en definitiva, que para mí sólo es un capricho, un lujo, una pluma de perdiz que se pone en el sombrero; un modo de pasar el tiempo. El humor verdadero no se propone enseñar o corregir, porque no es ésta su misión. Lo único que pretende el humor es que, por un instante, nos salgamos de nosotros mismos, nos marchemos de puntillas a unos veinte metros y demos una vuelta a nuestro alrededor contemplándonos por un lado y por otro, por detrás y por delante, como ante los tres espejos de una sastrería y descubramos nuevos rasgos y perfiles que no nos conocíamos. El humor es verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin querer por ello que dejen de ser tal como son, porque esto es pecado y pedantería. El humorismo es lo más limpio de intenciones, el juego más inofensivo, lo mejor para pasar las tardes. Es como un sueño inverosímil que al fin se ve realizado.


Algunos de los libros de Mihura, o sobre Mihura, que se citan en el texto: Tres sombreros de copa, Mis memorias y la recopilación Mihura. Prosa y obra gráfica.

No te molesto más, Miguelito, porque sé que tendrás muchas cosas entre manos, con perdón, y no quiero abusar de tu paciencia. Sólo te doy las gracias anticipadas por los esfuerzos que sé que harás para equilibrar esta injusta situación y te recomiendo que leas Mis memorias porque, permíteme que te diga, son de lo más divertido.
Te repito mi agradecimiento y, aprovechando la ocasión para felicitarte por tu cuarto centenario muy cordialmente, se despide de ti tu afectísimo seguro servidor,


Miguel Mihura Santos

Copyright 2005 J.L. Castro Lombilla