miércoles, 21 de noviembre de 2007

MARSHAL LAW

MARSHAL LAW. O la tesis del látex

Por Antonio Santos (de su serie La voz en el desierto, entrega 30)

Los superhéroes encarnan un número de encomiables virtudes que se espera que nosotros, los mezquinos humanos, emulemos. Pero… ¿son realmente tan nobles y desinteresados, desprendidos? ¿De veras no tienen nada que ocultar? Y si sometiéramos a un estricto análisis su indumentaria… ¿qué obtendríamos? ¿Por qué tal prenda, con tal tejido, o sustancia? ¿O qué placer secreto conllevan algunas de sus acciones? ¿…uno menos noble y altruista? ¿…uno más egoísta y humano? ¿…uno puramente orgásmico?

Esto, en síntesis, es lo que estos dos caballeros ingleses, Pat Mills y Kevin O’Neil (oriundos de un país versado en represiones sexuales) intentaban explorar o plantear, eso sí, pasándolo bomba y dinamitando arcaicas estructuras durante el proceso.

Mientras que para algunos es pura abominación de grosería y brutalidad gratuita, para otros es un deleite. Vivo y satírico trazo de las entretelas del MAINSTREAM. Auténtico cómic para adultos, distante de la etiqueta que se supone define a ese género: o bien una aberración intelectual suprema y egoísta incomprensible o un burdo escaparate de pornografía gráfica.

Datos técnicos.-

Marshal Law TAKES MANHATTAN: CRIMEN Y CASTIGO (Lo de Takes Manhattan alude a la canción de LEONARD COHEN, ¿no? Y Crimen y Castigo, al famoso clásico ruso, ¿no?) Escrito con saña por PAT MILLS (ese de JUDGE DREDD, entre otros) y dibujado con mordaz mala uva por KEVIN O’NEILL (el de La Liga De Los Caballeros Estupendosos); entintado por MARK A. NELSON y el propio O’Neill; al colorín acuarelado por MARK CHIARELLO y también por O’Neill (¡qué hombre más infatigable!) Lo tradujo a nuestra lengua universal: LORENZO DÍAZ, rotulándolo con paciencia MÓNICA SÁNCHEZ. COLECCIÓN PRESTIGIO, nº 35, dirigida por ANTONIO MARTÍN. Material MARVEL original publicado en la línea EPIC en 1989. PLANETA-deAGOSTINI lo editó aquí en 1992, ¡el año de los fastos fastuosos! Costaba 525 pesetas (¿alguien las recuerda? ¡El mundo parecía entonces más económico y sencillo…!)

De qué va.-

Nueva York, 2019 (el año de los REPLICANTES). En Manhattan se alza un colosal rascacielos, una institución psiquiátrica que presta terapia a lo más granado del mainstrean, superhéroes muy familiares, cuyos poderes les han enloquecido. Tratando de eludir su encarcelamiento, el temible EL PERSEGUIDOR (un vigilante tipo THE PUNISHER) pide asilo en el centro, pues DON MATRIONE (identidad civil del vigilante, una guasa a cargo de DON PENDLETON, padre de los PULPS sobre THE EXECUTIONER, en el cual se basa The Punisher), alega cobardemente dificultades técnicas psicológicas. Esta táctica dilatoria no convence a las autoridades de SAN FUTURO, la ciudad edificada sobre las ruinas de SAN FRANCISCO, abatida por el MEGAMOTO de 2010. Encargan, pues, al cazador de superhéroes y vigilantes Marshal Law (o JOE GILMORE, en horas no lectivas) traerlo de vuelta, a rastras si es necesario. El Perseguidor, temeroso de Law, logra huir y los internos provocan un sangriento motín. Y mientras el vigilante y Law despachan viejas rencillas enconadas, los locos alcanzan la azotea. Exhibiendo sus poderes, desarrollamos mediante INGENIERÍA GENÉTICA, se arrojan a la calle, en pos de la libertad, pero acaban aplastándose contra la acera.

Marshal entrega a los CANÍBALES que pululan por la isla a El Perseguidor, quienes, de forma más visceral, proporcionan a su ex tutor en “técnicas de interrogatorio” (eufemismo para definir la tortura) un castigo más adecuado al criterio de Law, desbaratando la confabulación que el JEFE DEL DEPARTAMENTO DE POLICÍA de San Futuro había ideado: eliminar al excesivamente escrupuloso Marshal Law y exculpar al sanguinario El Perseguidor, elemento útil en su política policial.

La capa da confianza.-

Crimen y Castigo es una pequeña novela gráfica que continúa las seis primeras entregas de este bizarro elemento (tituladas FEAR AND LOATHING, como la película, sí, y como el emblema que cruza el torso del propio Marshal), igualmente editadas por Epic y Planeta. En esas entregas, se desglosaba el origen de estos superhéroes y este mundo paralelo, pretexto para criticar los supuestos valores que encarnaba el SUPERMAN pre-mortem (definido aquí como EL ESPÍRITU PÚBLICO), icono y banderín de enganche para toda una generación de jóvenes deslumbrados con la capacidad de doblar vigas con las pestañas.

Tras recibir una cierta ingeniería genética (definida como la ÚNICA OPERACIÓN) de origen sospechosamente nazi, los candidatos padecían una transformación radical y quedaban alistados a la brigada especial de las ÁGUILAS AULLADORAS (otra coña, sobre SARGENTO FURIA), pasando a combatir en LA ZONA, o CENTROAMÉRICA, para extender la hegemonía norteamericana por el cono sur del continente.

Pero al estar estos tratamientos eugenésicos extendidos por el mundo, la rápida y contundente victoria originalmente concebida se ralentiza y la guerra termina en tablas.

Las enseñanzas de Matrione, origen de su odio, revolvían las entrañas del idealista Gilmore. Pero no sólo las del futuro Marshal Law, sino también las de unos grupos armados centroamericanos que perseguirían al especialista de la CIA hasta los USA, emboscándole en CENTRAL PARK, donde un feroz tiroteo destrozará a su familia (¿os suena?), mientras Matrione escapa por el lavabo de señoras…

Esta historia se escribió en plena agonía de la URSS y estando aún muy calientes los escándalos de NORIEGA y OLIVER NORTH. Huelga señalar que si Mills planteara ahora la historia la centraría en ORIENTE MEDIO, aunque quizás la Historia aún le permita tener razón.

Men without pain.-

Mills, autor con inquietudes FABIANISTAS (de esa izquierda de: «¡Abramos las fronteras a todos! ¡Pero no los quiero ver en mi barrio! ¡Y no toquéis mi JAGUAR, que me ha costado un huevo comprarlo!»), encontró un excelente vehiculo en el personaje creado por su paisano, O’Neill, otro habitual de 2000 AD, para exponer, mediante picante parábola y candente ironía, sus tibios planteamientos antiimperalistas.

Asimismo, vio en el personaje una forma de trasladar ciertos conceptos que tenía ideados para Judge Dredd (a quien consideraba en peligro de desfase; quizás, dada la alternativa tipo TOLERANCIA CERO que vino después, debieron arriesgarse con sus propuestas, pues Mills tiene coco), pero no se las permitieron plasmar.

Socorriéndole inesperadamente aparece O’Neill con este estrafalario MATACAPAS y sus conceptos aglutinados de un modo anárquico, cosa que Mills soluciona organizándolos y politizándolos (en serio; recordad que hablamos de un cómic para adultos). Pero ante el tablero de dibujo, O’Neill resta hierro ideológico y añade mordacidad. El resultado agrada a Mills, devoto enemigo de los superhéroes, todo lo contrario de O’Neill, ¡ávido fan del mainstream!

Es obvio que semejante mezcla sugiere una obra maestra, puesto que los conocimientos de uno afilan todavía más el ingenio del otro. Y teniendo en cuenta su temática, y lo convencional (por no decir conservadora) política de la casa matriz del sello Epic, asombra que éste sea un producto Marvel, pues ataca a sus mismas entrañas sin piedad y con alborozo. ¿Podría haberse editado hoy?

La máscara trastorna.-

Mills idea un paisaje de ruina esencialmente moral, de decepción, rabia, locura y descontrol. Joe (otro Joe, como Dredd) Gilmore, encarnación juvenil del ingenuo idealista dotado de una elevada concepción moral de lo que debe ser la conducta de un superhéroe (incrustada en su mente por los tebeos de la EDAD DE ORO y PLATA, LONE RANGER, HOPALONG CASSIDY o JOHN WAYNE), acude a los centros de reclutamiento fascinado por las facultades que venden las Águilas, y sobre todo, por el hechizo del logro capital del programa: el Espíritu Público. Prometen éxito, victoria y conquista indoloros. Y con el embrujo que produce la máscara, que anula la identidad y deshumaniza, todos los excesos son válidos. En el campo de batalla, todo el efecto ideológico galante queda truncado por la sucinta brutalidad de la naturaleza humana, la superhumana y la de la guerra. Gilmore no logra asimilar este choque con la realidad y el egoísmo de unos sujetos cuyos poderes especiales no les sirven para hacer el mundo mejor, sino para expoliarlo (¡vaya, de nuevo la palabra!). Sus cuerpos superiores, semidivinos, pueden despedir rayos o llamas, pero sus mentes siguen siendo vulgares, no han progresado en absoluto; incluso experimentan regresiones salvajes.

Y el impacto de este descubrimiento le produce una honda decepción y fobia, transformándolo en el implacable, sádico y despiadado Marshal Law, martillo de herejes, paganos e hipócritas.

De todos cuantos traicionaron el Sueño.

Este es el enfoque intelectual de Mills (insertando observaciones de corte feminista, estridentes y grotescas, o señalándonos los exhibicionismos, fetichismos, ambigüedades homosexuales y conductas sadomasoquistas vigentes bajo la máscara); O’Neill, que se conoce al dedillo el género (¿no ha sido, al fin y al cabo, el motor para convertirse en dibujante de cómics?), sus tópicos y clichés, dibuja de modo esperpéntico algunas de las “elevadas” conductas por las cuales se guían los superhéroes, retratando sus comportamientos aberrados e hipócritas, sus pasiones inconfesables ocultas y, al mismo tiempo, abiertamente manifiestas, en sus uniformes. Todo eso está ahí (sólo hay que pararse un momento para verlo), número tras número, a cada aventura, en cada viñeta.

Pero en vez de señalarlo, SCOTT MCCLOUD (el AL GORE de los tebeos) prefiere devanarse los sesos y abrumarnos mostrándonos unas incomparables fantasmagorías GOYESCAS (muy bien urdidas, eso sí) que suceden en el espacio en blanco entre las viñetas (donde, en realidad, no hay nada.)

Mills y O’Neill, más pragmáticos y simples, partidarios del bollo diario, logran despellejar, con más inteligencia y profundidad, tales obras, sin tener que recurrir a unos elevados conceptos propios de las elucubraciones vanidosas de FRASIER CRANE.

La decepción como arma.-

Esto es lo que impulsa a Joe Gilmore a trocarse infatigable azote del hipócrita enmascarado. Pero su fobia resulta doblemente espoleada cuando su novia (una activa feminista insensata) es violada y asesinada por un superhéroe. No sólo descubre que el código que él creía inmaculado está lleno de putrefacción; que nadie respeta esa ley galante de caballería supergenética, esgrimida con todo colorido por los superhéroes en los tebeos, haciéndole quedar como un palurdo, tonto, ñoño sin parangón: añaden esta infamia a la ofensa. Y esto lo desquicia, le hace sentir repugnancia hacia sí mismo, la cual vuelca sádica y liberalmente sobre sus víctimas, pues él es incapaz de autodestruirse… aún al menos.

Marshal Law aparece en una era convulsiva en el cómic: finales de los 1980. ALAN MOORE acaba de revolucionar el género con WATCHMEN y LA BROMA ASESINA y FRANK MILLER hace otro tanto con DAREDEVIL y DARK KNIGTH. El mundo del cómic, anquilosado, además debe vérselas con un revelo generacional influenciado por iconos como RAMBO, TERMINATOR o ROBOCOP, y las tibiezas insustanciales e hipócritas de unos personajes desfasados no les convencen. The Punisher, aparente duro de esos tiempos, triunfa y BATMAN muestra una faceta más oscura y vengativa. Desde Japón llegan los primeros MANGA, una narrativa gráfica más fresca y sin tantos tapujos o complejos ante determinados tabúes del COMIC CODE. Marvel empieza a resquebrajarse. Epic, su sello respuesta a la LÍNEA VÉRTIGO (o su equivalente) de DC COMICS, trata de dar respuesta al lector que ha crecido y se siente apurado ante las aventuritas de un SPIDER-MAN destinado directamente a imberbes, pues aún reserva nostálgico cariño por las historias del LANZARREDES de su infancia y juventud.

Los superhéroes, frente a un mundo en el cual hay pistolas en los colegios, ¿cómo reaccionan? ¿Cómo combaten esa cotidianeidad de un Nueva York de dos mil asesinatos anuales? ¿De una policía inoperante y corrupta? ¿Con un TONY STARK alcoholizado? ¿Con la diatriba ampulosa y hueca de un supervillano que planea un tortuoso atraco al banco?

El divorcio entre el mundo fantástico y el real no puede ser mayor. Y lo peor es que, desde esas viñetas, los enmascarados eluden abiertamente los temas controvertidos en los cuales la Marvel se jacta de estar implicada, siendo la primera-primera en adaptarse a las circunstancias de la calle. Pero en realidad estaba de ésta más lejana que del planeta Plutón.

Y para colmo llegan estos hijos de la Gran Bretaña (sin demérito a la labor de Miller) y les espetan cosas como que EL COMEDIANTE, la versión Watchmen de NICK FURIA, es un violador sádico sin escrúpulos y los superhéroes emplean sus poderes para satisfacer sus pasiones, altas y bajas. Esos ingleses les plantean: «Pero ¿de veras creéis que PETER PARKER, al borde del desahucio, no utilizaría su poder para saldar sus deudas? ¿Tan ingenuos sois?» JOHN WESLEY SHIPP, el FLASH televisivo, declaró en una entrevista: «Si yo tuviera esos superpoderes, los usaría en mi beneficio.» Quizás no de modo delictivo, pero…

Y en este clima aparece Marshal Law, que escandalizó aún antes de su aparición. Fue tachado de “pornográfico, sucio, inmoral y anticristiano” por el encargado de hacer los fotolitos (!), argumentos que esgrimió para no terminarlos.

Veda perniciosa.-

Watchmen, Marshal Law, THE CULT, etc., abrieron la veda para la aparición del “héroe” cínico, oscuro y solitario, que dispara inconscientemente, alegando que el tipo no debía haber estado entonces allí. (Véase LOBO.) Con una excepción: mientras que ni Moore o Mills se plantearon: «Después de esto, a los tebeos no los conocerá ni la madre que los parió» (fantasmada en la que Miller cayó de lleno), los demás se encaramaron al púlpito de la cuatricromía santificando a canallas que hacían pasar por incomprendidos santos. Los ingleses se limitaban a contar una historia y cobrar un cheque (siempre fue un asunto crematístico, no ideológico), pero los otros querían hacer una revolución sacudiendo todo tipo de banderas negras y harapientas.

Por desgracia, la beligerante actitud revolucionaria posterior de Miller y TODD MCFARLANE, por ejemplo, creando editoriales independientes que lograron tambalear los injustos cánones de conducta empresarial de la industria, y que tuvo un positivo y laudable efecto inicial (mejoras salariales, respeto a la obra concebida, devolución de originales…), luego se quedó en un engañoso efecto técnico de PHOTOSHOP y poco más, fortaleciendo a unos enemigos que querían derrocar por explotadores y fraudulentos.

Porque, en el fondo, un personaje como Marshal Law es carne de miniserie. Se gasta, aburre, satura. Es algo que tanto Mills como O’Neill comprendieron desde el primer momento, aunque no sus imitadores, que pese a la lección recibida siguen aún despuntando algún que otro sujeto parecido. Tanto corrosivo cinismo estraga en grandes dosis, y fue lo que acabó con los personajes de toda esa revolución a la que aludimos. Por eso, las apariciones de Law son tan contadas.

Recapitulando.-

Es una lástima que no nos hayan llegado más aventuras de este macabro personaje. Es uno de los grandes ignorados que están clamando por una Editorial audaz que se arriesgue con un material tan genuino. Tendría una gran aceptación, y contrapesaría las empalagosidades superficiales y huecas que, aunque llenas de pretensión y lujo, campan entre las estanterías actualmente (por no mencionar su formato televisivo). Marshal Law es un revulsivo, es el tebeo que no avergonzaría comprar, porque en su interior hay mucho más que matanzas gratuitas. Hay una explicación, un porqué.

Y lo mejor de todo: ese tipo jamás pretendió nada más que contarte una historia picante e irónica llena de frases sacadas de IMPACTO SÚBITO.

Se agradece esa humildad, en esta época de arrogantes, fatuos y aparentes santos catódicos en lucha contra el CAMBIO CLIMÁTICO.

Lo mejor.-

Su prolijidad gráfica y literaria.

La frase.-

¡Imposible destacar una de las tantas de Crimen y Castigo!

Desde luego, no sería la de «Cazo héroes; aún no he encontrado ninguno.»

La viñeta.-

La 2 de la página 22. Es simbólica de la parálisis que acometía a Marvel.

La página.-

En este caso, de la 41 a la 43.

Lo peor.-

¡La nula difusión del personaje, pese al nuevo material editado!


Reseña de Antonio Santos

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