Recientemente ha sido noticia una reclamación del pueblo de Rapa Nui,con
apoyo del Gobierno de Chile, al Museo Británico. Reclaman la devolución de
un moái robado en 1868 por un inglés y que luego la Reina Victoria
graciosamente "donó" al museo londinense. Por aquel entonces, en pleno
siglo XIX, eclosionaba algo que los sociólogos llaman ahora "culturalismo",
que se define como la actitud de desprecio hacia otros por razón de su
diferente cultura. El Museo Británico se niega a devolver el moái porque en
la isla de Pascua "no van a saber" conservar la escultura. Adujeron eso el
23 de noviembre de 2018. O sea, el culturalismo continúa vigente.

Con ciertos aspectos de la cultura, como los credos, las costumbres o la
forma de ocupar nuestro ocio, también nos dejamos guiar por impulsos
culturalistas. Adoramos el cómic estadounidense, por ejemplo, y somos
desdeñosos con el que se hace en Marruecos, Filipinas o Perú. Quizá la
mayoría nunca reconocerá la afirmación anterior, pero basta asomarse a la
web para comprobar qué cómics se coleccionan, cuáles se llevan los
likes o cuáles se traducen. En
Tebeosfera, un sitio donde
damos cabida a todos los acercamientos, hemos dedicado un número de
nuestra revista a la historieta chilena. Creemos que el esfuerzo (muy grande, sobre todo
por parte de sus coordinadores, el español
Francisco Sáez de Adana y el chileno
Claudio Aguilera) ha merecido la pena porque algo hemos aprendido sobre ese país que se
encuentra en el espinazo de Latinoamérica.
Por ejemplo,
Jorge Montealegre nos ha enseñado que en Chile la sátira decimonónica la hacían siempre
hombres desde su perspectiva patriarcal, y por lo tanto la imagen de la
mujer ha sido usada de un modo muy parecido a como se hizo en nuestra
cultura. El humor gráfico evolucionó allí, de hecho, de forma parecida al
de otros países, con periodos de mayor aperturismo de miras y otros más
retraído, como en nuestro país, y con sus publicaciones señeras, como fue
el caso de
Topaze. El gran experto
Moises Hasson, autor de destacadas obras teóricas como el reciente libro
Sátira política en Chile (1858-2016), nos ha brindado un recorrido completísimo sobre la sátira gráfica chilena
que es digno de encomio.
La historieta surgió en aquel país del Cono Sur un poco más tarde que en
Europa o Estados Unidos, ya comenzado el siglo XX. Sus mayores impulsores
fueron autores muy creativos, pero también editores con visión de negocio y
amor por este medio nuevo, caso de la editorial Zig-Zag, algo que nos ha
explicado
Mauricio García Castro estupendamente. Es cierto que el cómic que leyeron los jóvenes chilenos fue
generalmente de evasión, aunque hubo casos destacados en los que los tebeos
de allí servían ficción aventurera o humorística al mismo tiempo que
secciones didácticas, como ocurrió con
Mampato, uno de los hitos de su industria, cuya evolución hacia una historieta
cargada de mensajes utópicos nos ha desvelado
Gabriel Castillo.
También llegó un momento en el que el cómic se dejó instilar por mensajes
de otro tipo, como los ideológicos.
Catalina Donoso ha analizado el singular caso de
Cabrochico, una revista juvenil que incluía un “suplemento para los padres”, y que
sirvió al Gobierno de Unidad Popular de Allende para transmitir un mensaje
sobre el valor renovador de la infancia. Las arengas anticapitalistas se
fueron colando subrepticiamente en varias revistas de historieta durante la
década de los setenta, siendo una de ellas
El Pingüino, un célebre
título de la prensa chilena en el que intentó triunfar uno de los mejores
guionistas de la historia, Héctor G. Oesterheld, sin lograrlo, según nos
cuenta
Yosa Vidal.
Como en otras naciones latinoamericanas, la represión dictatorial machacó
literalmente algunos avances de su cultura para instalar un régimen que lo
dejó todo en suspenso. Precisamente Oesterheld fue una de las víctimas de
aquella represión. La historieta prosiguió, claro está, y dio fe de la
realidad vivida, pero como ha ocurrido en otros pueblos, lo hizo tarde y
titubeante. Esto nos lo ha clarificado
Bernardita Ojeda en su repaso a los tebeos que han contado el golpe de Estado de Augusto
Pinochet (entre ellos el de
Fuentealba 1973, reseñado para este número por
Marco Esperidión; o el de
¡Maldito Allende!, reseñado por
Manuel Barrero) y sus secuelas, como las que se pueden intuir en la obra
El látigo de cien colas, de Krahn, según indica el texto de
Claudio Aguilera, teórico este que ha sido fundamental en la construcción de este número de
Tebeosfera.
Como es lógico, en un contexto falto de libertades, la revolución
underground del cómic no fue igual en Chile que en Estados Unidos
o en Francia, por poner dos ejemplos. El
under chileno evolucionó
en los ochenta y los noventa bajo un Gobierno militar y, al decir de
Hugo Hinojosa, intentó “decir algo cuando no se podía”, logrando generar “una fotografía
imperfecta de una época” que desde otros medios no se pudo efectuar. Uno de
los títulos más importantes de este periodo de efervescencia creativa
amordazada fue
Trauko, revista en la que se atisbaron incluso las primeras reivindicaciones
feministas en la serie
Kiky Bananas, que no eran otra cosa que un
tímido cauce de aperturismo de la sociedad chilena a otros modelos
culturales, como nos ha revelado
Mariana Muñoz.
El modelo cultural de historieta que Chile trató de imitar en los noventa
fue el europeo; la similitud de esquemas estructurales que
Vicente Plaza ha detectado en variados ejemplos de los cómics chilenos más recientes
señala un viraje hacia el diálogo intercultural lineal, que pasa por un
periodo crítico y otro subjetivo hasta sumergirse en la experimentación, al
igual que ha ocurrido en la evolución del cómic en otros países. La serie
de
Félix Vega
Juan Buscamares
es un claro ejemplo de esa aproximación, en su caso partiendo de un modelo
claramente franco-belga para mezclar aventura y poesía (así lo ha estimado
José A. Gutiérrez) y lanzar algunos mensajes ocultos.
En la historieta chilena más reciente hay muchos ejemplos de calidad que
nos ha desglosado sabiamente
Carlos Reyes, los cuales van desde la reconstrucción de la sociedad oprimida bajo la
dictadura (o remontándose más atrás, hasta el yugo colonizador) hasta el
viaje interior y la exploración personal, lo cual colma el interés de los
jóvenes autores fanzinistas de hoy. Todo ello sin dejar de lado la ficción
fantástica o la aventura en historieta de talante tradicional, que se
siguen produciendo a la par que historietas de denuncia, como las que vemos
en
Brígida
, revista comentada por
María Isabel Molina.
Este apasionante y docto repaso a la viñeta satírica y la historieta
chilenas nos ha valido como perfecta introducción a aquella producción
historietística y a su cultura. Es insuficiente para conocer toda la
amplitud de su industria y de sus ofertas, pero nos ha permitido comprender
que es una cultura rica en matices, diferente pero nunca inferior, llena de
hallazgos por descubrir.
Si a eso hemos contribuido con este esfuerzo, nos damos por satisfechos.
P. D.: El número se ha completado con un artículo sobre la primera
adaptación al cine de Tarzán, a cargo de
Carlos Rodrigo Pascual; una crónica sobre el congreso internacional en torno al cómic celebrado
en Alicante, y varias reseñas de libros dedicados a la obra de Martínez de León
durante la
Guerra Civil
o al fascinante tebeo
Sócrates, de Christophe Blain y Joann Sfar,
a cargo en este caso de
Jesús Gisbert
. Como se puede comprobar, nosotros procuramos no pecar de culturalismo.
Tebeosfera. Ampliando horizontes